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La narrativa de Erri De Luca (Nápoles, 1950) está fuera del
tiempo. Ni influencias, ni plagios, ni contagios de ningún tipo. Unas palabras
que parecen provenir de sus entrañas, tal es la belleza y sinceridad que emanan
de ellas. Obrero, político, militante, Erri De Luca no considera la escritura
como un trabajo y le resulta absurdo el miedo de un autor a la página en
blanco: “¿Qué espera, encontrarla ya escrita?”, confiesa divertido. A pesar de
afirmarse incrédulo en temas religiosos, De Luca lee la Biblia todas las
mañanas una hora, antes de salir a trabajars. “El Antiguo Testamento está lleno
de obreros, el Nuevo de pescadores”. En sus relatos, Erri De Luca resalta de
las Sagradas Escrituras lo cotidiano y, por eso, su mirada es enriquecedora.
En el nombre de la madre aborda la natividad de Myriam / María bajo el ángulo más terrenal posible. Para De Luca, que conoce las palabras de la Biblia casi de memoria, que aprendió hebreo de forma autodidacta para poder traducir el texto, Myriam parió sola. Nada de estrellas ni de magos ni nadie a su alrededor. La verdad es que Myriam ha concebido un hijo fuera del matrimonio y que con ello se expone a ser lapidada. Nada que no sepamos, pero aquí Myriam es mujer que acaba de ser madre, y su explosión de sentimientos le hacen olvidar las palabras. Alguien se le apareció y le metió una semilla dentro. Nueve meses ha sentido esa semilla crecer, moverse, darle patadas, mareos. Una semilla que no era de “aquel extranjero”, “él la había traído quién sabe de dónde” pero que Myriam siente suya. Asimismo, De Luca ofrece una imagen de José / Iosef igualmente innovadora: fuerte, joven, de una gran belleza, nada que ver con el hombre barbudo que aparece con la espalda encorvada en las diferentes representaciones. Aquí Iosef está tan ena-morado que ni se le ocurre acusar a Myriam. La noticia le causa una gran conmoción. Quiere una explicación que Myriam no recuerda. Tan profundo es el dolor, que le resulta difícil controlar su cuerpo y es la serenidad de Myriam “como un campo de nieve” lo que consigue convencer a Iosef de que a pesar de la ley, todo irá bien. Myriam piensa: “A los hombres les hacen falta palabras para fundamentarse, las del ángel eran para mí viento que dejar correr. Traía palabras y semillas, a mí me bastaba una”.
Texto de Jacinta Cremades para elcultural.es
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