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viernes, 27 de junio de 2014

HACER VIOLENCIA · EL RÉGIMEN INSURRECTO DEL ARTE de Ana Arzoumanian



Datos. Cuerpos. Listas. Personas-número. Víctimas sin justicia: la muerte eterna.


Hacer violencia escapa de la enumeración fría, casi lúdica de la masacre (la de El libro negro de la humanidad, por ejemplo) como a la prosa cargada de sentimentalismo y, sin desmerecer, traumatizada. Para eso justamente se hace cargo del cadáver helado, lo ve a través del lenguaje, del derecho, de la televisación y el escrito intelectual para llegar al museo, a la obra de arte y al violín roto.

Artistas de medio oriente, cineastas del continente viejo, videos de youtube de ahorcamientos: todo sirve para sacudir al espíritu inmóvil, al ojo entumecido que ya no sabe ver más allá de su realidad-ficción. 

Por un lado es un texto concreto que se enfoca en vejaciones de guerra, profanaciones de la dignidad humana y por otro, como pocos pueden hacer, Arzoumanian genera sobre el lector una sensación de espejo, de estar mirándose a uno mismo como ser en la historia, y redobla la apuesta, proponiendo ver cómo nos hacen ver o cómo mira el ojo del artista.

De esta manera (certera y poética –si se me permite el eufemismo- a la vez), la lectura de Hacer violencia es un constante decantar de emociones sin lenguaje que se inician al hacer memoria sobre realidades que lo han perdido, que se lo han extirpado como si les hubiera sido ajeno.

Arzoumanian no teme hablar de las niñas aniquiladas, el bello púbico violentado y los rostros ya sin forma: a través de la pornografía el ser cobra volumen, la historia potencia y, alejándonos de la erótica imposible de la víctima del genocidio, en cambio, la tierra que habitamos se alza como una montaña de piernas altas, ensangrentada y verdadera sobre todos nosotros.

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sábado, 12 de abril de 2014

METAMAUS, de ART SPIEGELMAN

Algunos críticos y escritores de buenos titulares apuestan, sin correr riesgo alguno, que en unos años, digamos unos doscientos mil, la única obra de la galaxia Literatura que sobrevivirá será la de Shakespeare.

Suponiendo que la futurología fuera eficiente, y cambiando literatura por cómic, historieta o novela gráfica, lamentablemente se podría decir lo mismo de Maus, la obra maestra de Art Spiegelman. 'Lamentablemente' por dos motivos: porque el recuerdo de la humanidad sería el de una guerra constante que oscila entre el campo de batalla, el campo de exterminio y el infierno que habita en el corazón de cada hombre, esté donde esté. Aunque, sin embargo, que el siglo XX se recuerde de esta manera lo podemos entender -¿no hay días que creemos que la humanidad merece ser recordada de esa manera?-.


Pero, peor aún, sería lamentable porque lo fundamental de la obra de Spiegelman se nos habría escapado de las manos. En la entrevista de más de doscientas páginas que le hace Hillary Chute, intercalada con opiniones sobre técnica, anécdotas con otros caricaturistas, archivos, dibujos, fotos y más, queda expuesto el fin del clásico moderno: que nadie desaparezca, que no se pierda la memoria, que no se borre del mapa ninguna obra, humana o de arte.


En Metamaus, Spiegelman nos cuenta anécdotas de la infancia para llegar a enterarnos cómo se arrima a su padre, Vladek, para finalmente entrevistarlo en 1972 y de ahí tomar su testimonio sobre su vivencia en los campos. Con ese testimonio (que está transcripto -entero en el DVD y un fragmento en el libro-) Art haría Maus.


Desde ese punto de partida, la entrevista pasa por una cátedra de dibujo, las formas de creación y las preguntas-ejes: ¿Por qué el holocausto? ¿Por qué ratones? ¿Por qué un cómic?, que iluminan la pulsión del artista. Aquel que, lejos de librarse a la forma/contenido de moda, o a la vagancia disfrazada de una vanguardia apolillada, es plenamente consciente del trazo que traza, la historia que cuenta y el destino final de sus ratones: salvar al mundo. O salvarse del mismo.