sábado, 23 de febrero de 2013

La 31 (una novela precaria)



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Diario La Razón, 23 de diciembre de 2012

Retiro también es América

En su última novela, Ariel Magnus logra condensar en la villa 31 de Retiro un universo donde los pobres confrontan con la mirada de los otros, los más acomodados, donde suceden milagros verdaderos e ilusorios, donde los villeros tienen un cielo propio y donde también se sintetiza el estilo hecho de delirio e ironía de los libros anteriores de Magnus, en especial desde Un chino en bicicleta. La 31 (una novela precaria) mezcla aguafuertes, escenas oníricas y realistas en una combinación que confirman a Magnus como un excelente narrador, que no es ajeno a la crítica de los discursos hegemónicos.
Por Sebastián Basualdo

Si lo que alguna vez se conoció como realismo mágico no era otra cosa que la mirada europea puesta sobre las idiosincrasias, los mitos y leyendas que al fin y al cabo conformaban la vida real de hombres y mujeres en nuestro querido y viejo continente americano, podemos entonces aprovechar esa mirada para imaginar un realismo delirante sobre los habitantes de una villa miseria, como suele llamarse, pero no ya desde una perspectiva europea sino por una clase social acomodada, porteña, colmada de prejuicios y todo tipo de extrañezas. Y entonces sí: vamos a tener una idea aproximada del punto de vista que eligió Ariel Magnus para narrar esta genial y desopilante obra que es La 31 (una novela precaria). “Siempre termino distrayéndome y mirando la villa, comentó la señora de Arredondo.” “O sea que la villa te distrae de distraerte, objetó el doctor Arredondo.” “Es que miro la villa y pienso en la gente que vive en la villa y eso me tensiona.” “Quizá la distracción sea entonces todo lo que hacemos mientras no pensamos en la gente que vive en la villa.” “Yo no creo que nosotros nos hagamos los distraídos, si eso es lo que estás insinuando. Donamos todos los años para los pobres. Y la tenemos enfrente, cuando bien podríamos vivir en un country y no verla ni por televisión”, concluye la señora de Arredondo. Y justamente algo de esto habrá en la sensación que experimentará el lector apenas se interne en La 31, la mítica villa de Retiro, porque al igual que sucede en las publicidades televisivas, Ariel Magnus presenta un universo cerrado en sí mismo, absolutamente democrático en la desgracia, y si no es el mejor de los mundos posibles, al menos es el único que puede conocerse, no hay conflictos ni contradicciones fuera de la villa, excepto para los que no son parte de ella y pueden visitarla como turistas pagándose un tour por “la Nueva Shork de las villas de la París de Latinoamérica” como si fueran a visitar animales a un zoológico y luego comparar la villa de Retiro con las favelas de Río y de Caracas y sentenciar algo indignados: “Así cualquiera es pobre –se oyó murmurar a alguno al ver que el comedor infantil contaba con heladera y horno de microondas”.

Si en esa notable novela que es Un chino en bicicleta (2007), el autor logró valerse de la ignorancia que se tiene frente a otras culturas para poner en evidencia lo disparatado del imaginario social, en La 31 elabora un complejo entramado narrativo apoyándose en esos discursos dominantes que han estigmatizado a la clase social más desposeída, víctima de xenofobia y todo tipo de discursos racistas, hasta potenciarlos al nivel del absurdo y la caricatura. De esta manera, el humor opera en una zona conflictiva donde el orden natural de las cosas está quebrado: la pobreza, la droga, el hambre y el delito pueden exagerarse hasta el paroxismo porque no surgen como consecuencia de políticas asesinas, sino que son hechos en sí mismos, casi aislados de toda connotación ideológica: una realidad paralela digna de mitificación. La ironía es un modo de denuncia vedada, la risa siempre termina con los dientes apretados. Como ocurre con los capítulos titulados El cielo de los villeros, especie de apartado necrológico que pone de manifiesto de qué manera los habitantes de la villa se mueren como moscas: “Francisco Raúl L. a los 22 en un accidente laboral; el capataz deslindó responsabilidades diciendo que Francisco Raúl era boliviano y de eso no te salva ni un casco ni un arnés. Celia Y. a los 4 de un tiro en el pecho, quedó en medio de una pelea entre banditas, quizá murió pensando que se peleaban por ella. Olga Ursula V. a los 37 de cáncer de mama, ella decía de mamá y les echaba la culpa a los disgustos que le habían dado sus hijos”.

A lo largo de treinta y un textos que oscilan entre la crónica veteada con un ligero tono de aguafuerte arltiana y una prosa limpia de toda ornamentación que permite, sin que resulte forzado, la inclusión de otros géneros como relatos en forma de fábula o alegorías destinadas a poner en situación de diálogos bajo un tono existencialista la personificación de los males que aquejan a la miseria, la novela retrata toda una serie de personajes exóticos que van repitiéndose y ganando protagonismo a partir de la recurrencia en situaciones disparatadas, inverosímiles y grotescas. Algunos se confabulan con el imaginario social y aparecen a modo de esperpentos arquetípicos, como diría Valle Inclán, reencarnándose en prostitutas, violadores y policías corruptos que conviven, casilla de por medio, con músicos como Martín Fierrita que, entre porro y porro, se propone una adaptación al lenguaje lumpen del Martín Fierro y de Don Segundo Sombra. No faltan animales deformes y niñas como Remedios, que llora fármacos del tamaño de sus lágrimas y cura todo tipo de enfermedades graves.

De esta manera La 31 se convierte en una novela de múltiples lecturas, violenta, corrosiva y absurda como la necesidad misma que los ricos tienen de los pobres. Absolutamente consecuente, La 31 (una novela precaria) continúa con lo mejor de ese universo ficcional que viene elaborando Ariel Magnus desde por la publicación de Sandra (2005), pasando por Muñecas (2008) y El hombre sentado (2010) para nombrar sólo algunas de las obras de este joven y prolífico autor cuya marca distintiva de producción se encuentra ya materializada en la novela La cuadratura de la redondez (2011): el humor y la ironía puestos al servicio de cuestionar los discursos hegemónicos que interpretan lo real.

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