jueves, 29 de marzo de 2012

Pasiones heréticas: correspondencia 1940-1975


Pier Paolo Pasolini sabe que el escribir cartas se trata no tanto de un reclamo como de una demanda: una demanda de amor (y de verdad) que, como tal, no tiene satisfacción posible o la tiene en un registro completamente diferente al del pedido: el registro del don, el registro de la ascesis o el registro del arte, que (como han señalado la mayoría de los comentaristas de su obra) muchas veces se confunden.
Porque había que sostener lo sagrado, Pasolini insistió en un puñado de formas y motivos: Narciso, Edipo, lo líquido, la contradicción, el poder devastador de los cuerpos, la cruz, la juventud, la extranjería, el corresponsal (de guerra), el desierto. En fin: aquello que, porque nos devuelve la imagen de lo que no somos (aún cuando nos señale la clase de monstruo en que podríamos llegar a convertirnos), nos habla del valor sagrado de lo múltiple, de la desesperación, de la corrupción de la pureza. Pasolini adopta la escritura como espacio de transformación, y por eso no deja de hablar como el médico de sí, no deja de autoanalizarse y diagnosticarse.
Todo, hasta el último plano y la última carta, son actos de escritura y todo en ese acto de escritura es una violencia sobre sí (única razón que importa). Gracias a estas cartas, lo que hay de sagrado y de puro en el arte de Pasolini y la fragilidad de su conciencia nos alcanzan, nos tocan, nos involucran, nos contagian.

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